La España vacía quiere más familias Bitea: la carrera de los pueblos por captar inmigrantes

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María José Fuenteálamo para El Español

Con poco más de 30 años, el albañil rumano Dumitru Bitea dormía en una nave de La Mancha conquense. El joven había aterrizado en la comarca recomendado por su anterior jefe, el de Arganda de Rey, donde aterrizó al llegar a España. El patrón actual está contento con él y le va a hacer los papeles. Así que, como la cosa pinta bien, Dumitru toma una decisión: «A ver si me buscas un alquiler y me traigo a mi mujer», le dijo al jefe. Corría 2005 y el albañil llevaba casi un año, solo, en España. Así empezó todo.

A su primera casa de alquiler en la zona, primero en Fuente de Pedro Naharro (Cuenca), 1.200 habitantes, llegaron primero su mujer, sus dos hijas de 8 y 5 años y su cuñada. Luego otro cuñado. Y luego otro. Dumitru terminó montando una empresa de construcción. Hoy tienen casa en propiedad -tres, de hecho- en Torrubia del Campo, 250 habitantes, a 5 kilómetros de Fuente donde residen desde hace años. Aquella primera aventura suma tres núcleos familiares y nueve empadronados en total en un pueblo pequeño donde, como nos recuerda el alcalde, “cada empadronado cuenta”.

Ésta es la historia de los Bitea, la familia rumana que decidió echar raíces en pueblo pequeño de España y sin saberlo, ayudaron y ayudan a luchar contra la despoblación rural. Es el sueño de muchos alcaldes de la España vacía: recibir a familias inmigrantes que llegan con niños, lo que rejuvenece la localidad, ayuda a mantener la escuela abierta y el pueblo vivo.

Es lo que quiere hacer la Junta de Castilla y León: salvar sus pueblos vacíos con inmigrantes. Ha pedido por carta al Gobierno central ayuda al respecto. Y Aragón, que plantea una ayuda -en principio para nacionales e inmigrantes legales- de 522 euros al mes para quien se instale en zonas afectadas por la despoblación. Incentivos y ayudas que muchos pueblos de Castilla-La Mancha ya vienen ofreciendo desde hace años, con propuestas como viviendas a bajo precio para atraer vecinos.

Pero todo eso que ahora se incentiva con ayudas directas, alquileres reducidos y que, incluso, ha creado una red de webs y plataformas en las que se puede comparar qué ofrece cada pueblo para irte a vivir a él. Los Bitea lo hicieron solos, sin ayudas. Como otras miles de familias inmigrantes instaladas en los pueblos españoles, hace casi dos décadas. Muchas rumanas. Son la segunda nacionalidad -por detrás de los marroquíes- de residentes extranjeros en España. Sumaban casi 700.000 en 2020.

¿Por qué vienen?

Pero, ¿por qué vienen y se quedan los Bitea? Lo explica con determinación Gabriela, la mujer de Dumitru, a quien todos conocen en el pueblo como Gabi. Por cierto, antes de la explicación, ¿apellido de soltera? “Bitea es el mío, en Rumanía tras la boda la mujer suele tomar el apellido del marido, es lo normal, pero también se puede hacer al revés: yo se lo dije un día de broma a mi marido y al final, mira”, nos cuenta, mientras vuelve de hacer la compra en la única tienda del pueblo. Que tiene de todo, nos asegura el alcalde.

“De verdad, la vida en Rumanía no se compara con esta vida, ni con otros países. Mi marido había trabajado en Grecia, en Hungría y en Serbia antes de venir aquí, pero ningún país le había parecido tan acogedor como España”, nos dice. “La gente del pueblo me trata muy bien”, asegura, mientras repasamos todos los trabajos -en el campo, limpiando casas, como asistenta social- que ha tenido esta madre de dos hijas, una con síndrome de Down, y precisamente otra de las razones por las que valora su forma de vida aquí es como cuidan a estos niños.

“A mí me ha ofrecido mucho España, las condiciones que he tenido para mi hija con síndrome de Down no podría tenerlas en mi pueblo en Rumanía. De verdad que no. Aquí viene una furgoneta, la recoge cada día por la mañana y regresa sobre las 15:30 horas. Allí la tendría que dejar una semana entera y, de verdad, que no podría”, desgrana. Habla de su hija mayor, Loredana María, que trabaja en un centro ocupacional en Tarancón, a 16 kilómetros de Torrubia. La pequeña, Roxana Nicoleta, 22 años, que ha estado contratada en una de las grandes empresas cárnicas de la zona, Incarlopsa, está viajando estos días por Rumanía, donde se ha llevado a su novio, un joven de Ciudad Real. “Está encantado con lo que está viendo”, dice Gabi.

No parece, en cualquier caso, que el comentario presente riesgo de mudanza a Rumanía. Roxana, nos cuenta su madre, tiene bastante claro que se quiere quedar en España. De momento, tiene casa. Una de las tres propiedades que los Bitea han comprado en el pueblo es para ella. “Me gusta invertir aquí, aquí hago la vida”, dice Gabi. Y algún vecino, así como con guasa le ha dicho algo así como “te vas a quedar con media Torrubia”.

Su profesora Ramona

Por lo que nos desgrana ella y nos confirmará el alcalde después, que explica que los Bitea son desde hace mucho “unos torrubianos más”, no ha dejado de trabajar desde que llegó al pueblo. Pero, ¿y el español? Nada más llegar tuvo una maestra: Ramona, una abuelita a la que estuvo cuidando un tiempo. “Me decía: mira, esto es un viso, pero si te vas a Madrid vas a escuchar que lo llaman combinación”, recuerda. “En ocho meses ya estaba hablando, aunque decía cosas mal y estudiaba algo de vocabulario”. Ella dice que a día de hoy todavía no habla bien. Mantiene un pequeño acento difícil de determinar. Ahora, eso sí, asegura que “ya no la engañan con ninguna palabra”.

Siguió trabajando limpiando casas en el pueblo vecino, Fuente de Pedro Naharro, donde es asistenta social del Ayuntamiento. Este año, además la contrataron en Torrubia del Campo para limpiar la biblioteca y el colegio por una suplencia. Y así, Gabi va encadenando jornadas y trabajos.

A los Bitea les participar en las fiestas del pueblo, aunque asegura Gabi que siguen celebrando algunas de las suyas propias. Incluida la matanza. “Como antes hacíais en España”, nos recuerda Gabi. Han gestionado, nos explica, las licencias correspondientes y pueden matar cinco cerdos al año. Fuera de casa, lo que le gusta a la familia, sobre todo, es salir a pescar. Por embalses de la zona, pero también por otras zonas de España, como en el Ebro aragonés. Es quizá una de las aficiones que se trajeron de su Rumanía natal. Proceden de Berzasca, una comuna a orillas del Danubio. La localidad, con unos 1.500 habitantes, es más grande que Torrubia, pero la familia no sólo no tiene problemas con el tamaño, es que lo prefiere: “No, no me gustaría vivir en un pueblo más grande. Para empezar, hay más ruido”, nos dice Gabi. Y entre las grandes ventajas que enumera, la de tener su propio huerto “para comer más sano”. En su zona natal los Bitea tienen un piso, en un bloque de viviendas, que aún mantienen.

Rumanía es como la España rural, un país agrícola. En Torrubia, los rumanos son la nacionalidad extranjera mayoritaria. Sólo los Bitea suman nueve: cuatro en casa de Gabi y Dumitru; tres en casa de Constantin, hermando de Gabi; y dos con su hermana, María -que trabaja de panadera en Fuente de Pedro Naharro- y su cuñado, Nicolae. Hay, además, otra más familia más de rumanos, con casa en propiedad también nos dicen. El alcalde y el censo del INE nos confirman que el pueblo cuenta con residentes uruguayos y paraguayos. Han llegado con los últimos programas de fomento de nueva población.

La zona de La Mancha conquense a la que pertenece Torrubia no sufre tanto la despoblación como La Alcarria o la Serranía de Cuenca con poblaciones agonizantes y en riesgo extremo de desaparición. Cuenca está, entre Soria y Teruel, entre las tres provincias españolas más despobladas. En total, en el último siglo, ha perdido un 40% de su población, caída de vecinos en la capital incluida. Por eso, como indicaba el alcalde de Torrubia del Campo, Pedro Romeral, del PSOE, en cualquier pueblo pequeño cada nuevo empadronado cuenta. “Bajando de 250 habitantes -el pueblo ha llegado a rozarlos- pierdes capacidad en el Ayuntamiento, cada vecino cuenta para las subvenciones y los servicios”, nos explica. Y precisamente por eso cada consistorio lucha por aumentar su censo. En Torrubia, explica el primer edil, cuentan con ventajas para eso. Tienen buenas comunicaciones: líneas de autobuses, además están a una hora de Madrid y 15 minutos de núcleos más grandes y que generan empleo como Tarancón.

El colegio de Torrubia imparte infantil y primaria. Este año pasado había 9 alumnos. El próximo curso esperan doblar ese número. El pueblo ha puesto en marcha un proyecto para atraer más familias, con viviendas que rondan los 200 euros de alquiler al mes. Ya han llegado varias y hay más interesadas. Incide el alcalde, sobre todo, en que en la zona hay trabajo, la pata fundamental para mantener vivos los pueblos. Y precisamente por eso Torrubia -que en los 70 llegó a superar los 1.000 habitantes- no tiene miedo a desaparecer. Ahora, muchos de los empleos están en el campo: “El 90% de la gente que trabaja en la agricultura son inmigrantes, y bueno, aquí o no nos gusta o no queremos”, explica el alcalde a la vez que invita a más inmigrante a venir a su pueblo: “Aquí nunca se van a sentir forasteros”.

Pero a Torrubia no sólo llegan inmigrantes, también han visto cómo este año y el pasado, por la pandemia, han regresado algunos locales que se marcharon por trabajo, a Tarancón o a Madrid. Teletrabajo, pero también familias que se desplazan a diario a sus trabajos fuera, pero prefieren la tranquilidad de vivir en sus casas del pueblo.

Dumitru Bitea ya no trabaja. Un accidente, que conllevó varias operaciones, le mandó a la jubilación. Pero, y ¿cuándo se jubile Gabi, la familia se volvería a Rumanía? “Sí, pero de vacaciones, igual que los madrileños se vienen a su pueblo en verano, yo me voy al mío, pero ya soy de aquí”.

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