Las fábricas de patatas fritas y aperitivos que alegran Madrid

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Julián Garrido, que trabajaba como agricultor en Fuente de Pedro Naharro un paisano suyo le ofreció trabajo en Madrid en 1962 hoy es propietario de «Sol de Castilla».

Extracto – Fuente: Inma Garrido para El Comidista

Salvo que seas una piedra sin sentimientos, hay un tipo de establecimiento en Madrid que seguro te sulibeya, te roba la atención y el corazón: las tiendas de patatas fritas y frutos secos. Si las has visto, ya sabes cuáles son. Esas tiendas con luces de neón, o cartelería setentera, piruletas y un escaparate limpísimo con una montaña gigante de patatas fritas, doradas, brillantes que, con sólo mirarlas, las oyes crujir. Si te asomas a estas tiendas, sientes cómo paredes enteras forradas de cubetas de caramelos te invitan a entrar en un mundo que todo niño cambiaría por Disneyland. Esa variedad de azúcar y colorines aniquila la capacidad de decisión de cualquiera. Así que es imposible que alguien que aún conserva los dientes de leche pueda decantarse sólo por una tentación.

No sólo para niños están pensadas estas tiendas. De hecho, su público mayoritario suelen ser adultos de mediana edad y jubiladas. Porque lo de estos lugares es un perfecto trabajo en equipo: las patatas fritas te dicen desde la calle “acércate, que te voy a decir una cosa”; el brilli brilli de los envoltorios de los caramelos gritan desde dentro “pasa, mujer, que mirar es gratis” y el olor al vinagrillo de las aceitunas, pepinillos, gildas y berenjenas de Almagro que guardan unas vitrinas impolutas te recuerdan que muy bonitos esos caramelos, pero tú siempre has sido más de salao.

Son tiendas donde pocas veces ves a turistas -no saben lo que se pierden, pero si no preguntan, no se lo vamos a contar- y viven del cliente de barrio o de los viajeros que se mueven de una punta a otra de la ciudad. Porque esta es otra de sus características: suelen estar situadas en zonas de mucho paso, como intercambiadores de autobuses, gimnasios, colegios, parques e iglesias.

Aunque hay algunas tiendas de este tipo únicas en la ciudad y que pertenecen sólo a un propietario, lo normal es encontrar varias con el nombre de alguna de las seis o siete familias fundadoras de estos negocios. Ellos las comenzaron a abrir en Madrid y más tarde sus conocidos u otros familiares fueron abriendo franquicias o alquilándolas. Pero el origen de todos estos establecimientos fue prácticamente el mismo: surgieron de quienes de niños trabajaban como ayudantes de churreros en el Madrid de los años 60 o 70 del siglo pasado y acabaron comprándole el negocio a su jefe cuando se jubiló.

De churrerías en el centro de Madrid a fábricas a las afueras para abastecer a sus propias tiendas: la historia

A Julián Garrido, que trabajaba como agricultor en Fuente de Pedro Naharro (Cuenca), un paisano suyo le ofreció trabajo en Madrid. Era 1962 y él tenía sólo 17 años, pero allá que se fue el muchacho con lo puesto a ganarse la vida como churrero en Lavapiés. Seis años más tarde, por el Barrio de las Letras de ese mismo Madrid, iba otro chavalito de Sepúlveda (Segovia) vendiendo churros y patatas fritas con un triciclo. Enrique Ortiz había llegado solo a esta ciudad para trabajar a cambio de poco dinero, comida y una cama en el almacén de la churrería que lo contrató.

Julián Garrido, propietario de Sol de Castilla frente a un surtido de frutos secos. INMA GARRIDO

La historia de Enrique y de Julián es muy similar: los dos vinieron a Madrid desde las Castillas, cada uno de una, siendo menores. Vendieron churros. Hicieron la mili. Volvieron de ella. Intentaron ganarse la vida como taxistas y los dos dejaron el taxi para retomar lo que les gustaba hacer: patatas fritas y churros. “Los churreros de la época aprovechaban el aceite para freír patatas, pero no les salían bien. Los churros, divinos, pero las patatas, ¡ay las patatas! A muchos les salía más a cuenta comprarlas fuera y venderlas en su churrería”, cuenta Julián.

Ahí es donde empezó su andanza: ahorró y alquiló con otro socio una fábrica de patatas en Vallecas para servir a tiendas y churrerías. Así pasaron los años hasta que Julián se montó su propia fábrica y junto a su mujer puso su primera tienda en el centro de Getafe. Más tarde fueron abriendo más tiendas para vender su propio producto casi en exclusiva. Nacía así Sol de Castilla, una de las marcas de patatas fritas y frutos secos más conocidas de Madrid.

Por su parte, Enrique Ortiz se trajo a sus padres y hermanos del pueblo. Su padre vendió el ganado y compraron casa y una churrería en la calle San Pedro, junto al Paseo del Prado de Madrid. Enrique le enseñó el oficio a su familia y así estuvieron unos años, hasta que él dejó a sus hermanos y a su padre en esta churrería e inició el negocio por su cuenta en la calle San Mariano, 33. Las dos ramas de la familia, él y la de sus hermanos, se fueron expandiendo y abrieron tiendas por Madrid bajo el nombre Hermanos Ortiz Sanz: los hermanos de Enrique tienen más de veinte tiendas y Enrique se quedó con seis propias y otras que dio en alquiler.

Enrique Ortiz y Julián Garrido son solo dos ejemplos de cómo comenzaron sus fábricas de patatas fritas, pero sus trayectorias se parecen a la de Paco Muñoz, otro joven de Fuenlabrada que fundó los Frutos Secos El Cisne; a la de patatas fritas La Carmencita, también fundada en 1970; o a la de Ignacio López, uno de los primeros churreros y fabricantes de patatas fritas y frutos secos de Madrid. De Ignacio López hoy sigue con el negocio la tercera generación.

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