Una lápida, 90 años de silencio y unas raíces en Torrubia

La lápida de Saturnino García Savadie permanece quieta, impasible, en el margen izquierdo de la antigua N-3, a la salida de Fuentidueña de Tajo en dirección a Tarancón. Lleva allí 90 años. Silenciosa, recuerda a un hombre bueno y, al mismo tiempo, da testimonio de algo que nunca debió suceder.

Durante décadas ha despertado preguntas entre quienes han pasado junto a ella. ¿Quién fue Saturnino? ¿Qué ocurrió en aquel lugar? Muchos imaginaron un accidente, quizá un atropello.

La historia comenzó a salir de ese silencio casi por casualidad.

El sábado 25 de julio, las Jornadas Santiaguistas organizadas por la Asociación URCELA llevaron hasta Uclés a parte del equipo de FuentHistoria, la asociación de investigación histórica a la que pertenezco. La historiadora Leonor Parra Aguilar habló durante su conferencia de Fuentidueña, de Alarilla y de la importancia de este enclave. Al terminar, mis compañeros se presentaron como vecinos de Fuentidueña.

Quiso la casualidad que entre los asistentes se encontraran los nietos de Saturnino García Savadie. Uno de ellos comentó que en Fuentidueña permanecía una lápida dedicada a su abuelo y se comprometió a escribir su historia.

Aquel relato terminó formando parte de Cuentos e historias bajo las estrellas, una actividad que FuentHistoria celebró durante una noche de verano en Fuentidueña. Muchos vecinos que habían convivido toda su vida con aquella lápida pudieron conocer, por fin, quién era el hombre cuyo nombre llevaban décadas leyendo al pasar por la antigua carretera y qué había sucedido realmente.

Pero la historia todavía guardaba otra casualidad.

Unas semanas después, parte del equipo de FuentHistoria acudió a una jornada dedicada a Uclés en el Ateneo de Madrid. Esta vez también fui yo. Al finalizar el acto, otra de las nietas de Saturnino se acercó a saludarnos y mis compañeros le contaron la acogida que había tenido la historia de su abuelo aquella noche de verano.

Fue entonces cuando le hablé de Torrubia del Campo. Le conté que, justo enfrente de la casa de mis abuelos, estaba la casa de la familia Savadie y le pregunté si podía existir alguna relación con Saturnino. Su respuesta abrió una nueva puerta: la madre de Saturnino era de Torrubia.

El apellido no me resultaba desconocido. En el libro de fotografías antiguas que en su día recopilaron Pedro Romeral, Pilar y Mari Trini Garcia aparecen imágenes de la familia Savadie, aunque todavía desconozco cuál era exactamente su parentesco con Saturnino.

Y como tantas veces ocurre cuando uno empieza a tirar del hilo de las historias de nuestros pueblos, el mundo acaba siendo mucho más pequeño de lo que parece. Por eso me atrevo a reproducir aquí la historia que Javier Sans, nieto de Saturnino, escribió para la Asociación FuentHistoria. Porque si Saturnino llevaba 90 años formando parte, en silencio, del paisaje de Fuentidueña, descubrir sus raíces torrubianas hace que también haya un pequeño lugar para él en la memoria de Torrubia del Campo.

La historia de la “lápida de la carretera del coto”, la de Saturnino García Savadie, un hombre de esos que la gente calificamos como bueno. Nació en febrero de 1870 y era agricultor de profesión, pero tenía una inquietud constante por aprender lo que le llevó a hacer estudios de Derecho. Nunca se metió con nadie. Su vida transcurría tranquila en Uclés, su pueblo natal. Un día se lo llevaron y lo mataron.

El 27 de julio de 1936 apareció una cuadrilla en el pueblo. Los Agustinos tenían su comunidad en el Monasterio de Uclés. Detuvieron a los frailes del seminario junto a varios vecinos. Con ellos estaba D. Vicente Toledano, el cura del pueblo. Se los llevaron a todos en un furgón hacia Tarancón. No llegaron, en las curvas de Belinchón se detuvieron, sonaron los disparos y dieron por muertos a todos. Uno de ellos consiguió sobrevivir y más tarde relató lo sucedido.

Unos días después la cuadrilla, la misma u otra, se presentó en casa de Saturnino. Él no estaba. Detuvieron a todos y amenazaron con matarlos si Saturnino no se entregaba. 

Era 19 de agosto de 1936; se lo llevaron junto a otros vecinos. Tras haber recorrido varios kilómetros entraron en la provincia de Madrid y llegaron al río Tajo ya en el término de Fuentidueña de Tajo. Cruzaron el Puente de Hierro por donde se accedía al pueblo desde Levante y a unos cien metros hicieron parada. Sonaron los disparos. Los mataron y quedaron tendidos en la cuneta.

Los hijos de Saturnino supieron del trágico final y del lugar donde sucedió.  Pasada la Guerra recogieron los restos de su padre y los trasladaron al cementerio de Uclés, pero decidieron dejar una lápida en esa carretera Madrid-Valencia a su paso por Fuentidueña en recuerdo del echo y en memoria de su padre. Después de 90 años el lugar sigue marcado con esa lápida con el nombre de Saturnino García Savadie.

Los restos de Saturnino fueron depositarlos junto a los de su hermano Ambrosio, farmacéutico de Uclés, y de Amós de Torres, uno de sus familiares, que corrieron la misma suerte el 23 de octubre de 1936.

Aquellos diez frailes agustinos del Monasterio de Uclés asesinados en 1936 fueron beatificados en Roma por el Papa Benedicto XVI el 28 de octubre de 2007, formando parte del grupo de los 498 mártires españoles del siglo XX.

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