Lo importante es lo que compartimos
Vivimos rodeados de mensajes. Tenemos grupos de WhatsApp para casi todo: la familia, los amigos, el trabajo…. Nos enteramos de lo que ocurre prácticamente al instante, comentamos cualquier noticia y compartimos fotografías que llegan a decenas de personas en cuestión de segundos. Nunca habíamos estado tan comunicados y, sin embargo, quizá nunca había sido tan necesario recordar que estar conectados no siempre significa estar acompañados.
Y no es solo una impresión. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada seis personas en el mundo se siente sola, una proporción que entre los jóvenes de 13 a 29 años puede alcanzar el 21 %. Unas cifras que invitan a reflexionar, especialmente en una época en la que podemos hablar con cientos de personas sin salir de casa. Porque una cosa es estar comunicados y otra muy distinta sentirse acompañados. Y quizá ahí los pueblos como Torrubia tengan mucho que aportar.
En un pueblo, la vida se construye a través de pequeños encuentros, conversaciones improvisadas, celebraciones y costumbres que terminan formando parte de nuestra memoria colectiva. A veces no somos conscientes de la importancia de esos momentos hasta que el paso del tiempo nos invita a recordarlos. Porque, al final, las personas también permanecen en los lugares que quisieron, en las cosas que hicieron y en los recuerdos que compartieron con los demás.
Estos días, inevitablemente, nos vienen a la memoria dos nombres ligados a Torrubia, aunque desde generaciones y experiencias diferentes que nos han dejado tristemente estos dias. Emiliano, que pasó prácticamente toda su vida en el pueblo y que disfrutaba de algo tan nuestro como blanquear con cal las paredes y fachadas de sus casas, manteniendo viva una de esas costumbres que forman parte de nuestra identidad. Siempre dispuesto en los últimos años, además, a participar en los reportajes que realizábamos junto a la biblioteca, compartiendo sus recuerdos y contribuyendo a conservar un pedacito de nuestra historia. Y nuestro recuerdo tambien para Arancha, mucho más joven, que también dejó su propia huella en Torrubia a través de las fiestas, las amistades y tantos momentos compartidos con quienes crecieron y disfrutaron a su lado. Dos formas distintas de vivir el pueblo, dos generaciones y una misma manera de formar parte de él. Porque Torrubia también es eso: las personas que llenan de vida sus calles, sus casas y sus celebraciones, y los recuerdos que siguen acompañándonos con el paso del tiempo.
Quizá por eso conviene recordar que no hacen falta grandes acontecimientos para disfrutar de lo que tenemos cerca. A veces basta con una conversación, una tarde entre amigos o un domingo de fútbol.
Y precisamente el fútbol nos ha dejado esta semana una de esas sensaciones encontradas que tan bien conocemos los aficionados. Nuestro CF Torrubia ha sumado su primer punto de la temporada, aunque con un sabor agridulce después de haber ido por delante en el marcador y terminar empatando. Es inevitable pensar en esos dos puntos que parecían estar tan cerca, pero también hay motivos para mirar hacia adelante con optimismo.
Y si el deporte nos ha dado una excusa para reunirnos, el calendario nos ofrece ahora otra. El Día de la Hispanidad nos regala un lunes festivo y, con él, un pequeño respiro para disfrutar de un fin de semana más largo.
No hacen falta grandes planes. A veces, los mejores momentos son precisamente los que no estaban previstos. Una visita que se alarga, una comida compartida, un paseo por las calles de siempre o una conversación que nos hace recordar otros tiempos.
En pueblos como Torrubia tenemos la suerte de conservar muchas de esas pequeñas cosas que hacen grande la vida cotidiana. Nos conocemos, compartimos historias y seguimos encontrando motivos para reunirnos. Eso no significa que aquí no exista la soledad, pero sí que tenemos cerca muchas oportunidades para combatirla con algo tan sencillo y valioso como dedicar tiempo a los demás.
Porque al final, en el fútbol y en la vida, no todo consiste en ganar. También importa tener con quién celebrar las victorias, encajar los empates y compartir el camino.
Y quizá la mejor manera de querer a un pueblo sea precisamente esa: vivirlo, disfrutarlo y dejar en él un poquito de nosotros para que los demás puedan seguir recordándonos.
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