Un siglo desde el nacimiento de Juliana «la Garrancha»
Juliana se marchó a Madrid un jueves para servir en una casa. Tenía 17 o 18 años y, aunque aquel trabajo no le entusiasmaba, decidió probar. En Torrubia, su padre pasó las noches llorando porque la echaba de menos. Su madre intentó consolarlo: «No llores, que va a venir pronto». El domingo, Juliana ya estaba de vuelta.
Ella contaba la anécdota con naturalidad, pero aquellas tres noches dicen mucho de la familia en la que creció. Juliana conservó esa forma de querer durante toda su vida, también cuando el trabajo la llevó a vivir lejos de Torrubia.
El pasado 9 de septiembre habría cumplido cien años. Falleció hace dos, a los 97. Una conversación familiar grabada permite volver sobre una historia que ella contaba a través de personas, lugares y escenas que nunca olvidó.
El callejón del Girasol
Juliana nació el 9 de septiembre de 1926 en el callejón de la calle Remedios, conocido hasta hace poco como callejón del Girasol. Fue la única mujer de cinco hermanos. Creció en una familia en la que el trabajo y la ayuda mutua formaban parte de cada jornada.
Su padre, Pedro, conocido como «Perico Garrancho», talaba árboles para abastecer de leña los hornos del pueblo. Cuando ya tenían suficiente, su madre cogía el carro y las caballerías y salía a vender la leña a otros municipios, entre ellos El Acebrón. Algunas veces recibían pan o garbanzos en lugar de dinero. Juliana recordaba la determinación de su madre para buscar una salida y el carácter bromista y cariñoso de su padre.
De él conservó durante décadas una escena precisa. Una noche regresaban de Fuente de Pedro Naharro cuando Juliana sintió miedo por la oscuridad. Pedro le preguntó qué le ocurría y, al saberlo, la subió a sus espaldas. Ella ya no era una niña pequeña, pero él la llevó a cuestas durante buena parte del camino. Paró a descansar en el pilón de El Acebrón antes de continuar. Muchos años después, Juliana todavía recordaba aquel trayecto y el gesto de su padre.
También contaba cómo era la casa de su madre: una sola bombilla iluminaba la vivienda y para las demás estancias se utilizaban velas o candiles. El agua corriente llegó más tarde; antes había que ir a buscarla a las fuentes. Pero, al recordar su infancia, Juliana no se detenía únicamente en las dificultades. Hablaba de las fiestas, de los vecinos que salían a esperar a los músicos llegados de otros pueblos y de los bailes que se celebraban en las eras.
Los mayos ocupaban igualmente un lugar en su memoria. El primero se dedicaba a la Virgen del Valle y después se cantaba a otras personas del pueblo. A ella también le echaron el suyo durante varios años.
El estallido de la Guerra Civil interrumpió aquella infancia. La escuela y las celebraciones dejaron de seguir su curso habitual y, después, el racionamiento hizo más difícil conseguir alimentos. Juliana recordaba los pequeños bollos preparados con la harina repartida en el Ayuntamiento y la alegría de un año en el que la familia recogió una buena cosecha de patatas.

Manuel y una boda que reunió a todos
A Juliana le gustaba recordar con humor su juventud. Decía que había sido «muy buena moza» y se reía de las preguntas sobre sus pretendientes. A Manuel, con quien acabaría casándose, lo conoció en Torrubia.
Fueron novios durante unos tres años, aunque el trabajo solo les permitía verse aproximadamente cada quince días. Manuel llegaba el sábado, pasaba con ella el domingo y regresaba temprano el lunes. A veces hacía el viaje en bicicleta; otras tomaba el llamado coche de las pulgas, que lo dejaba en Fuente de Pedro Naharro. Desde allí seguía andando hasta el pueblo. Cuando estaban juntos, salían a pasear por la carretera con otras parejas.
Al hablar de Manuel, Juliana dejaba a un lado las bromas. Para ella había sido un hombre formal «antes, después y siempre».
Se casaron un 12 de noviembre. Antes, un tío de Manuel había acudido a hablar con los padres de la novia, como marcaba la costumbre. La boda reunió a una extensa familia en casa de la familia del novio en la calle ‘Estrecha’: colocaron mesas en la cocina, las habitaciones y el patio, mientras las mujeres preparaban la comida. Juliana recordaba el vino y las risas de aquella celebración que ocupó toda la casa.
Las distancias y las ausencias
Con sus dos hijos ya nacidos en Torrubia, Juliana y Manuel se trasladaron por trabajo a Fuentidueña de Tajo, donde vivieron alrededor de quince años. La distancia no impidió que el abuelo Perico visitara a su hija. De vez en cuando tomaba el autobús y se presentaba en Fuentidueña para pasar el día con ella, su yerno y sus nietos. Su llegada era una alegría. Después de comprobar que todos estaban bien, regresaba a Torrubia.
En Fuentidueña recibió Juliana la noticia de la muerte repentina de su padre. Tuvo que volver para despedirse de él y, al contar aquel viaje, recordaba el espesor de la nieve que cubría Torrubia.
Más adelante, Juliana y Manuel se trasladaron con sus hijos a Madrid. Allí adquirieron un piso y continuaron construyendo su vida familiar. Con el tiempo compraron y reformaron también una casa en Torrubia en la Cara de Dios, cerca de la calle Remedios y del callejón donde ella había nacido. Juliana pasó temporadas en esa vivienda y mantuvo su relación con el pueblo y con los suyos.
A lo largo de su vida tuvo que afrontar otras ausencias. Sobrevivió a todos sus hermanos menos a uno y también a su yerno. Quien la conoció sabe cuánto quería a sus hermanos y sobrinos, y cuánto significó para ella seguir sintiéndolos cerca pese al paso de los años.
Lo que permanece
En aquella conversación, Juliana pasaba con facilidad de un recuerdo a otro. Hablaba de las caminatas hasta Tarancón para comprar un vestido o hacerse la permanente, de la emoción de subir por primera vez a un tren y de unos asientos que le parecieron iguales a los bancos de la calle. Recordaba la primera radio de la familia y a un vecino que, asombrado ante la televisión, intentaba verla desde fuera a través del cristal de una puerta.
Ahora que soy mayor y vuelvo a escucharla, comprendo mejor que detrás de casi todas esas historias había alguien. Sus hermanos, primos hermanos y segundos, sobrinos, hijos, nietos y biznietos aparecían una y otra vez en sus recuerdos. Las personas eran el hilo que unía todas las etapas de su vida.
Al despedirla hace dos años escribí que nunca había olvidado su Torrubia del alma. Ni siquiera en sus últimos días perdió la firmeza con la que decía de dónde era.
Hoy descansa en la Alameda de los Remedios, junto a Manuel y cerca de su hermano y su sobrino, como deseaba. Al terminar el mes en el que habría cumplido cien años, recuperar su voz es también una forma de cumplir la promesa que hice cuando murió: que su nieta mediana seguiría honrando su memoria.
Juliana «la Garrancha» vivió en distintos lugares y conoció tiempos muy diferentes. Lo que permaneció constante fue su manera de querer a los suyos y a la tierra que la vio nacer. Esa es la parte de su historia que hoy entiendo mejor y la que más deseo conservar.
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