Los que nunca se marchan del todo

Hay fechas en el calendario que, por mucho que pasen los años, siguen reuniendo a las mismas personas en los mismos lugares. Todos los Santos es una de ellas. Una festividad que, más allá de su significado religioso, mantiene vivas algunas de esas costumbres que se transmiten de generación en generación y que, en pueblos como Torrubia, tienen un significado especial.

Durante los días previos, el cementerio recupera una actividad poco habitual durante el resto del año. Familias que se acercan a limpiar las sepulturas, retirar las flores marchitas, colocar otras nuevas o, simplemente, dedicar unos minutos a quienes ya no están. Algunos acuden con frecuencia, otros aprovechan estos días para hacerlo y hay quienes recorren bastantes kilómetros para cumplir con una tradición que no han abandonado pese al paso del tiempo.

Precisamente, el pasado fin de semana, mientras me encontraba en el cementerio, hubo algo que me llamó especialmente la atención. Me crucé con varias personas a las que hacía mucho tiempo que no veía por Torrubia. Rostros conocidos de otras épocas, de aquellos que uno recuerda perfectamente aunque hayan pasado años desde el último encuentro. Personas que, me atrevería a decir, ya ni siquiera conservan una vivienda en nuestro pueblo, pero que siguen regresando cada año para llevar flores a sus familiares.

Y aquello me hizo pensar.

Estamos acostumbrados a relacionar la pertenencia a un pueblo con vivir en él, tener una casa, pasar los veranos o participar en sus fiestas. Pero hay vínculos que van mucho más allá de todo eso. Personas que hace décadas se marcharon, que construyeron su vida en otros lugares, cuyos hijos quizá apenas conocen Torrubia y que, sin embargo, siguen encontrando un motivo para volver. Puede que ya no tengan una llave que abra ninguna puerta de nuestras calles, pero sí tienen aquí una parte importante de su historia.

Y resulta curioso cómo, en ocasiones, el cementerio termina siendo uno de los últimos lazos que nos unen al lugar del que procedemos.

Porque las sepulturas también cuentan la historia de un pueblo. Basta con detenerse a leer algunos nombres y apellidos para recordar familias enteras, vecinos que compartieron calles, trabajos, celebraciones y conversaciones. Apellidos que quizá ya no figuran en nuestro padrón, pero que siguen presentes en las lápidas. En algunos casos, incluso, son el único testimonio que queda de familias que durante generaciones formaron parte de la vida de Torrubia.

Todos los Santos tiene inevitablemente un componente de tristeza y recuerdo, pero también nos ofrece una imagen de continuidad. La de quienes siguen cumpliendo con una costumbre que aprendieron de sus padres, que probablemente vieron hacer a sus abuelos y que ahora intentan transmitir a sus hijos. No se trata únicamente de llevar flores. Detrás de cada visita hay historias familiares, recuerdos compartidos y una relación con el pasado que cada uno mantiene como puede y como quiere.

Quizá por eso, este año, más que fijarme en las flores que empezaban a llenar el cementerio, me quedé pensando en las personas que habían venido a colocarlas. En quienes, aunque hace años que dejaron de vivir en Torrubia, siguen regresando para recordar a sus padres, a sus abuelos y a tantos familiares que descansan aquí. Porque, en muchos casos, son precisamente ellos quienes mantienen vivo ese vínculo con nuestro pueblo, con sus orígenes y con una historia familiar que merece la pena conservar.

Precisamente, estos días leía una reflexión de Máximo Huerta en su dietario del 28 de octubre que me hizo pensar en esa costumbre tan arraigada en nuestros pueblos. Hablaba de pertenecer a una generación de hijos cuyos padres nunca faltaban a su cita con los difuntos y de cómo, casi sin darnos cuenta, con los años terminamos convirtiéndonos en guardianes de esas pequeñas tradiciones familiares. Antes acompañábamos a nuestros padres y abuelos al cementerio; ahora somos nosotros quienes compramos las flores, limpiamos las sepulturas y procuramos que esa costumbre no se pierda. Y quizá lo hacemos sin planteárnoslo demasiado, simplemente porque así lo aprendimos de quienes nos precedieron.

Y es que la historia de Torrubia también está hecha de las vidas de quienes ya no están. De sus esfuerzos, sus costumbres y sus recuerdos, que forman parte de lo que hoy somos. Porque mientras haya alguien que los recuerde, seguirán formando parte de la memoria de nuestro pueblo.

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