Sotero Fernández, el labrador de Torrubia que experimentó con el aceite de uva en el siglo XVIII
A finales del siglo XVIII, cuando la agricultura marcaba buena parte de la vida cotidiana de los pueblos manchegos como el nuestro, un labrador de Torrubia llamado Sotero Fernández consiguió que su experiencia con el aprovechamiento de las semillas de la uva quedara recogida en una publicación de ámbito nacional.
La referencia apareció el 28 de diciembre de 1797, en el número 52 del Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los Párrocos, una publicación que difundía conocimientos agrícolas y procedimientos destinados a mejorar el aprovechamiento de los recursos del campo en la época.
En sus páginas 390 y 391, dentro de un artículo dedicado a la economía doméstica y a las posibilidades de reutilizar los residuos del vino, se mencionaba expresamente a Sotero Fernández, identificado como labrador y vecino de Torrubia del Campo.
Su experimento con las semillas de la uva
En aquellos años, el aprovechamiento de los subproductos agrícolas despertaba un creciente interés. Los restos de la elaboración del vino podían utilizarse para obtener aguardiente, vinagre e incluso potasa, una sustancia empleada en actividades como la fabricación de vidrio y jabón.
El Semanario también recogía experiencias relacionadas con la extracción de aceite del granillo de la uva, es decir, de sus semillas. Agricultores de distintos puntos de España estaban realizando pruebas para comprobar las posibilidades de esta actividad.
Entre ellos se encontraba Sotero Fernández, quien había conseguido obtener una pequeña cantidad de aceite en Torrubia del Campo.
Animado por los primeros resultados, decidió intentar una producción mayor. Sin embargo, cuando llevó más semillas al molino, descubrió que no estaban suficientemente secas y dificultaban el movimiento de la piedra utilizada para triturarlas.
El problema tenía una solución relativamente sencilla: secar adecuadamente el granillo antes de proceder a su molienda.
Pese a este inconveniente, Sotero aseguraba que el aceite obtenido era muy claro y limpio, una observación que quedó recogida en la publicación.
La experiencia del agricultor torrubiano no pasó inadvertida en su entorno. El artículo de 1797 menciona también a un sobrino suyo, subdiácono y descrito como una persona muy aplicada, que compartía el interés por aquellos procedimientos.
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