Siempre conectados, incluso cuando no toca

Hay un momento del día en el que el móvil deja de ser una herramienta y se convierte en una rutina. No suena, no hay avisos urgentes, pero aun así lo desbloqueamos. Miramos una notificación antigua, entramos en una red social “un segundo” y, casi sin darnos cuenta, empezamos a deslizar el dedo. Ese gesto automático, repetido muchas veces al día, dice mucho de cómo vivimos conectados.

Un reciente estudio de RTVE pone cifras a una sensación compartida: en España pasamos de media casi cuatro horas al día usando el teléfono móvil. No es una cifra sin importancia. Son horas que se cuelan entre tareas, comidas, ratos de descanso, viajes en transporte público y momentos de ocio. Y lo más llamativo es que la mayoría de las personas reconoce que ese tiempo es excesivo y que le gustaría reducirlo.

El móvil se ha convertido en una prolongación de la vida diaria. Sirve para comunicarnos, informarnos, entretenernos, orientarnos y trabajar. Pero también ocupa espacios que antes estaban reservados al silencio, al aburrimiento o a la conversación pausada. Especialmente las redes sociales basadas en el consumo rápido de contenidos —vídeos cortos, imágenes, mensajes breves— fomentan un uso continuo, casi hipnótico, que no siempre somos capaces de controlar.

No se trata solo de fuerza de voluntad. Muchas aplicaciones están diseñadas para retener la atención el máximo tiempo posible. El desplazamiento infinito, las recomendaciones automáticas o las notificaciones constantes no buscan facilitar la vida del usuario, sino mantenerlo dentro de la pantalla. El resultado es una sensación cada vez más extendida de que el tiempo se escapa sin haberlo decidido.

El estudio de RTVE refleja también una diferencia clara por edades. Los más jóvenes pasan más horas frente al móvil, mientras que las personas mayores reducen su uso. La sensación de cansancio digital, de falta de concentración y de dependencia no entiende de generaciones. A todos nos cuesta, cada vez más, desconectar de verdad.

En el caso de los menores, el debate es aún más delicado. Muchos acceden a su primer smartphone a edades muy tempranas y normalizan un consumo elevado de pantallas desde la infancia. Los datos sobre horas de uso, descanso insuficiente y exposición a contenidos inapropiados han encendido las alarmas en distintos países, hasta el punto de que algunos ya han optado por limitar legalmente el acceso de los menores a las redes sociales.

La pregunta, en el fondo, no es si usamos mucho o poco el móvil, sino cómo y para qué lo usamos. El problema no es responder un mensaje o ver un vídeo, sino hacerlo sin medida, sin pausa y sin elección consciente. Recuperar el control pasa por pequeños gestos: dejar el móvil en otra habitación, silenciar notificaciones, marcar límites de tiempo o, simplemente, permitirnos no hacer nada durante unos minutos.

Vivimos en una sociedad hiperconectada y el móvil es una parte imprescindible de ella. Pero estar conectados todo el tiempo no significa vivir mejor. Tal vez ha llegado el momento de dejar de mirar tanto la pantalla y empezar a preguntarnos qué estamos dejando de ver mientras tanto.

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